La dulce despedida

Phong Nha nos regaló días soleados en los que disfrutar del homestay a orillas del río y de su entorno natural, con sus famosas cuevas, como Paradise Cave o Phong Nha Cave, a la que llegamos en barca a través de un bonito paseo por Con River. También tuvimos tiempo para nadar en el río, descansar en las hamacas y probar la comida callejera. 

Y de nuevo en un sleeping bus ocho horitas más rumbo norte llegamos a uno de los tesoros naturales de Vietnam, Ninh Binh, un lugar de excepcional belleza por sus montañas kársticas atravesadas por un laberinto de ríos navegables. Nos alojamos en Tam Coc, un lugar tranquilo de preciosas cabañas con piscina, ideal para los días y las noches de calor del sudeste asiático. Allí navegamos en barcas tradicionales impulsadas por mujeres que reman con los pies, visitamos una pagoda en medio de un lago y subimos los 500 escalones hasta el impresionante mirador de Mua Cave, con su dragón de piedra y sus magníficas vistas, un esfuerzo que valió la pena y que más tarde compensaríamos con un buen masaje de pies!

Los días iban pasando y yo estaba feliz de tener a mis padres cerca y poder compartir este gran sueño que estaba cumpliendo y que ellos pudieran vivir esta aventura de mochileros por Asia. Tengo suerte de tener unos padres que, no solo apoyan todas mis locuras, sinó que se unen a ellas! ¡Que gran viaje en familia!

Nuestro último destino serían las montañas de Sapa, al norte de Vietnam, una zona famosa por sus arrozales en terrazas y por la variedad de etnias que allí viven. Llegamos, como no, en otro sleeping bus y nos alojamos en un precioso homestay en medio de las montañas, el Sapa’s Soul, donde pudimos convivir con una familia local, conociendo su cultura y sus tradiciones y realizando varios trekkings por los verdes campos de arroz. Las mujeres que nos hacían de guía en uno de los trekkings en los que subimos un gran desnivel alucinaban con mis padres al verlos subir sin demasiados problemas y los cuidaban como si fueran su familia, con tanto respeto y cariño que me emocionaron. También bajamos en taxi a la ciudad, a Sapa Town, a hacer algunas compras de recuerdos para la familia, y allí fue el escenario de otra gran celebración, los 50 años de casados de mis padres y también mi séptimo aniversario de vidaje, así que lo celebramos con una buena cena en un restaurante de categoría justo la noche antes de volver en tren a Hanoi. 

Y si la llegada al aeropuerto fue emocionante, la despedida no se quedó atrás. Después de dos semanas juntos conviviendo, riendo y disfrutando cada momento, llegaba el momento de decir “hasta la vuelta”, una vuelta que aún no tenía fecha. Nuestro abrazo tuvo el sabor de aquellos que dejan un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos por la sensación de no saber cuándo sería el próximo. Los vi pasar el control de equipaje y desaparecer tras los cristales opacos y me inundó una dulce tristeza mezclada con la alegría de todos los momentos vividos.

Pero la vida sigue y mi viaje también. Pasé mi última noche en Hanoi muy cerquita del aeropuerto, comí mi último Pho en una de esas mesitas tan vietnamitas y al día siguiente cogí el vuelo a mi nuevo destino, un país al que siempre había soñado ir algún día… y ese día había llegado.

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