Volver a Laos fue como volver a casa dentro del viaje y es que hay países en los que siento que podría quedarme a vivir. Me gusta pensar que tal vez sea porque en otra vida ya viví allí y mi alma lo recuerda… Volver por primera vez en el viaje a lugares donde ya había estado activó en mí una sensación de familiaridad y de pertenencia, algo que, para alguien que está en continuo movimiento, hace que por unos días sienta que forma parte del lugar. En Laos mi cuerpo se relaja y mi alma recuerda.
Llegué a Non Khia y dediqué un par de días a redescubrir este pueblo que tan solo fue lugar de paso en mi primera visita. Recorrí sus calles, subí a uno de sus viewpoints, visité sus cuevas, llenas de historias de guerras pasadas, admiré sus atardeceres desde el puente que cruza el río Nam Ou y cené con Sara en un pequeño restaurante compartiendo aventuras y proyectos de vida. Y de allí en barca a Muang Ngoi, mi lugar preferido en Laos y al que prometí volver. Y ahí me esperaba Dam y su preciosa familia. Me alojé en una guesthouse de su prima y compartimos varios días cocinando en su casa, comiendo en familia y paseando por los alrededores recogiendo plantas comestibles. También compartimos cenas y cervezas a tres, pues Sara también se unió al equipo y de una de estas cenas surgió la idea de hacerme un tatuaje por primera vez, ya que ella ya había contactado con un chico de Luang Prabang para hacerse uno, así que decidí acompañarla y tatuarme LAO con el alfabeto de allí, que era a la vez mi nombre y el del país.
Y si la cosa iba de reencuentros, cuando caminaba rumbo al muelle en el río para volver a Luang Prabang, alguien me tocó en la espalda, me giré y ¡ allí estaba el chico holandés de nuevo! Llevaba días por ahí… Solo tuvimos tiempo de abrazarnos de nuevo y desearnos suerte en el viaje, pues de nuevo nuestros caminos se separaban. Así que me fui de Muang Ngoi de nuevo emocionada y con lágrimas en los ojos deseando volver y que los cambios que ya se estaban dando en el pueblo no hiciera que perdiera su esencia de lugar tranquilo y remoto donde la vida pasa despacio y sus gentes viven tranquilas.
Salí de Luang Prabang , después de despedirme de Sara, con mi primer tattoo en el cuello y empecé la operación “cruce de frontera”, una pequeña odisea de varios y variopintos transportes (minibus, tuc tuc, moto y minivan) que me condujo de Phonsavan, a Vinh, ya en Vietnam de nuevo, desde donde me subí a un tren rumbo a Hanoi, donde ya estaban por llegar mis padres al aeropuerto para pasar dos semanas de pura aventura en su primera visita al continente asiático… ¿Nos acompañas?



























































