Segundas partes también son  buenas

Aunque el dicho «segundas partes nunca fueron buenas» pueda aplicarse a películas y a relaciones, en el caso de los viajes, repetir destino o quedarte en él maś de lo planeado y descubrirlo maś allá de los «10 mejores lugares de…» para mi, es todo un acierto.

Mi segunda parte en Bali empezó al día siguiente de la partida de Anna, mi primera despedida dentro del viaje que me dejó una momentánea sensación de añoranza por todo lo vivido juntas, pero el viaje seguía y estaba decidida a seguir explorando esa magnética isla y sus alrededores por quince días más con mi extensión de visado ya tramitada para un mes más en Indonesia, pues otra isla cercana ya me estaba llamando…   

Me quedé en Ubud un día más en una acogedora guesthouse familiar tradicional para hacer lo que yo llamo «cosas de casa» como teñir mi pelo con henna, hacer arreglos en la ropa, preparar la ruta o ver pelis y por la tarde salir a hacer cortos y tranquilos paseos por los alrededores  de Ubud entre campos de arroz y casas tradicionales de campo entablando conversación con algunas personas que se cruzaban en mi camino, sin prisa, disfrutando del instante… eso es el vidaje!

Y de Ubud me subí a un mototaxi para dirigirme a la parte este de la isla, empezando por un pueblito de montaña llamado Kintamani, donde me alojé en un camping con vistas al volcán Batur regentado por una familia encantadora que cocinaba de maravilla. En Kintamani pasé unos cuantos días y me sentí como si viviera allí. Quedarte más tiempo en un lugar te abre la posibilidad de vivir experiencias únicas más allá de lo más preparado, como en este caso, subir al volcán Batur (que también lo hice) y de conocer a personas que viven allí. Y así fue como pude recorrer las faldas de lava petrificada a pie y en autostop en plena tormenta para llegar a un pequeño puesto de comida donde la señora me recibió con algo de comer y una curiosa conversación, ella hablando balinés y yo inglés, aunque yo creo que nos comunicábamos más con el corazón que con las palabras. Allí también conocí a Ayu y a Pedro, dos almas bonitas que acababan de abrir un pequeño spa en el pueblo donde me recibieron con un buen café y compartimos charla y una misma visión del mundo. En su precioso spa me regalé un masaje increible (algo que suelo hacer en cada país que visito) y al dia siguiente compartimos moto, comida y conversación trascendente. 

Y de la montaña a la playa, al pueblito costero de Amed donde bicicleta y equipo de snorkel en mano disfruté del mar y de la tranquilidad del lugar, visitando algunos templos cercanos muy instagrameables más preparados para los selfies que para la vida espiritual…

Y Bali aún tenía más sorpresas que regalarme a unos pocos minutos de ferry desde el sur: las Nusa Islands, tres islas de gran belleza, cada una con sus peculiaridades, la mayor con sus spots turísticos, la mediana, para mi la más auténtica, la que pude recorrer en bicicleta, en caiac por sus manglares y buceando en sus aguas para nadar entre peces de mil colores y tortugas marinas, y la pequeña, unida a esta última por un viejo puente amarillo de hierro, como escapada fugaz también en bici para sentir la fuerza del mar en sus playas y acantilados.

Y como broche final, segundo reencuentro con Júlia y Helena en Denpasar para compartir cena y hotel cutre antes de partir al día siguiente hacia otra isla del cinturón de fuego. ¿Me acompañas?

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