La ruta por Laos estaba llegando a su fin, el último destino no podía estar más cerca de la frontera con mi próximo país a recorrer (Camboya)… Os hablo de un lugar llamado “Las 4000 islas” donde el río Mekong forma diferentes islas, algunas de ellas habitadas. Mi destino, Don Det y Don Khong, dos islas unidas por un puente construido por los franceses que se convirtieron en mi paraíso de Laos y en un lugar de encuentros mágicos.
Llegué después de un corto trayecto en minibús y en barca, donde me esperaba con su tuk-tuk parte de la familia del homestay en el que me alojaría durante 4 días. La isla estaba celebrando unas regatas por el río y paramos un momento a disfrutar de la fiesta pues toda la gente estaba allí animando a los regatistas… ¡Qué buen ambiente se respiraba! Al llegar al homestay vi que era perfecto, con casitas de madera con porche y muy bien situado al lado del puente, cerca de la otra isla, y además, tenía un comedor flotante con las mejores vistas al río Mekong, un lugar que te conectaba con la tranquilidad y en el que se comía de maravilla!
Compartía estancia con dos franceses bien curiosos, uno de ellos pasó el confinamiento allí siendo el único estrangero en toda la isla, y ahora volvía cada año pues ya es de la familia. Por la noche compartíamos el ratito de la cena y buenas conversaciones. No fue hasta el segundo día a la hora del desayuno que vi a Júlia y Helena por primera vez, estaban hablando en catalán y eso llamó mi atención así que nos pusimos a hablar y enseguida nos cogimos confianza. Se agradece mucho encontrar a personas que hablan tu mismo idioma en viaje, pues hablar otra lengua todo el día te llega a cansar, y si además hay afinidad ¡mucho mejor!
Eso fue lo que pasó, conectamos mucho y teníamos largas conversaciones sobre temas que nos unían y parecía que ya nos conocíamos de antes. Compartíamos momentos vitales similares y la vivencia de estar en viaje, y además, para mi, fueron como un ángel que me trajo la medicina que necesitaba para una molestia que tenía… el bálsamo de tigre ¡mano de santo, oiga!
Así que los días en Don Det pasaron entre paseos en bicicleta recorriendo los rincones de las islas, como sus cascadas, sus campos de arroz y sus playas fluviales (aunque con un agua más bien marrón), los ratitos de relax mirando el río y la vida pasar, y compartiendo largas conversaciones después de cenar. El día que nos despedimos, pues ellas marcharon un día antes que yo hacia Vietnam, me emocioné mucho y sentí que algo mágico había empezado… ¡Esa no sería la única vez que nos veríamos en este viaje por el sudeste asiático!




